Porqué escribo
La necesidad y finalidad de escribir
Escribí mis primeros poemas a los 17 años. Sobrevivieron a una guerra y después desaparecieron. Siento nostalgia por ellos. Después escribí más poemas de forma esporádica en un lapso de 10 años cuando sentía una necesidad imperiosa de hacerlo que no se calmaba hasta que lo hacía. No fui constante. También escribí un diario por el un tiempo, y frases de Selecciones de Reader Digest que apuntaba en una libreta pequeña que me acompañó durante la universidad y me ayudaba a pensar en otras cosas. Trascribi 2 libros solo por placer de escribir en unas vacaciones. Uno de Erick Fromm y otro de Og Mandino.
No disponía de mucha literatura en mis manos a pesar de que mi padre compraba y llevaba libros a casa con sus escasos recursos. Otra historia habría sido heredar una inmensa biblioteca como muchos. Pero también había que tener ganas de leer. O haber estudiado Filosofía como deseaba inicialmente. Me arrepiento e no transcribir Demian, Sidhartha y el Lobo Estepario de Hermann Hesse. También leí a Beltrán Russell. Casi no los entendía porque me faltaba contexto.Me faltó leer más entonces por lo que ahora trato de ponerme al día. Faltan más libros: novelas clásicas en secundaria, poemarios, psicología, autoayuda, budismo, no dualidad y otros, varios. Hasta aquí mi no muy extensa historia literaria.
Después la carrera, la maestría, el trabajo o la falta de él, el ambiente, los medios, la paternidad, olvidar lo que me gustaba y aunque seguía comprando libros como podía me costaba leer por mil obligaciones. Recuerdo que de camino a casa siempre me gustaba detenerme en una librería, revisar títulos y de vez en cuando comprar. No habían muchas bibliotecas o los ambientes eran deprimentes.
Ahora tengo más tiempo que antes para escribir. Pero el tiempo no siempre sirve para hacer cosas; a veces solo sirve para pensar demasiado en ellas.
Escribo cuando puedo, cuando los ánimos me dejan. Hay días en los que me siento frente a la pntalla y las palabras no quieren salir, como animales asustados que se esconden dentro de mí. Aún así escribo, con dolor y esfuerzo de sacar esas palabras, porque no se me ocurre otra manera de convivir con lo que llevo dentro.
Escribo para sacar algo que pesa, algo que me acompaña desde hace años, que se acumula y que no quisiera seguir cargando solo.
Escribo para entenderme, para reconstruir pedazos fragmentados de mí mismo, para ponerle nombre a dolores viejos que regresan, a angustias que nunca terminan de irse, a traumas que se quedan viviendo en los rincones más silenciosos de la memoria. Porque la verdad es que las cosas nunca me han salido del todo bien la gran mayoría de las veces. Y quizá escribir sea mi única manera de resistir.
Cada línea, cada párrafo me cuesta. Cada relato se parece más a un maratón sin entrenamiento que a un acto intelectual. Hay algo físico en escribir ciertas cosas: un cansancio que queda en el cuerpo, como si uno hubiera perdido sangre o caminado en un desiero sin aguar. Termino agotado después de cada texto, vacío y expuesto, como si hubiera arrancado algo vivo de mí para dejarlo sobre la página de la pantalla.
Entonces público por aquí y paso días enteros sin querer volver a escribir. Me digo que ya está, que es suficiente, que no tiene sentido continuar, que otros escriben infinitamente mejor, con más belleza, más inteligencia, más talento, más tragicómicos, más todo. Pienso y estoy seguro que si hoy dejará de escribir o muriera, la literatura seguiría intacta sin mí. Las bibliotecas y publicaciones continuarían respirando con luz propia. Los grandes escritores permanecerían ahí, inamovibles y eternos, mientras mis palabras desaparecerían sin hacer ruido.
Y sin embargo, siempre regreso. Porqué como dijo García Lorca: "Se oyen voces no se sabe dónde, y es inútil preocuparse de dónde vienen." Regreso como Sísifo empujando nuevamente la piedra cuesta arriba, aun sabiendo que volverá a caer. Hay algo absurdo en este impulso, algo casi ridículo, pero también inevitable. Una necesidad difícil de explicar.
Hambre de encontrar las palabras exactas para lo vivido, para lo recordado y para lo perdido, para aquello que nunca pude expresar ni decir en voz alta. Porque a veces siento que si no escribo éstas cosas, terminarán pudriéndose dentro de mí.
Soy un alma solitaria, incluso cuando estoy acompañado. Lo he sido desde que tengo memoria. No desde el punto externo, sino del interno. Y a veces no resisto la compañía externa. Hay personas que nacen con la sensación de pertenecer al mundo; yo nací observándolo desde afuera. Me veían, sí, pero nunca más allá de la superficie. Lo sentía. Siempre lo intuí primero y después lo sentí. Nadie parecía notar lo que realmente ocurría detrás de mis silencios. Uno aprende entonces a habitarse solo. A conversar consigo mismo. A esconder ciertas heridas porque explicarlas cansa y nunca son comprendidas.
Publicar aquí aprovechando el espacio disponible que me llegó talvez asualmente, me produce una mezcla extraña de orgullo y vergüenza. Orgullo porque, pese a todo, sigo escribiendo y hay un ego que me susurra: sigue haciéndolo, independientemente de tu éxito. Vergüenza porque cada texto deja partes de mí demasiado expuestas y hay un pudor que me grita: eres dueño de lo que callas y esclavo de lo que dices.
Publicar algo aquí es permitir que otros entren en habitaciones que uno pasó años intentando mantener cerradas con llave. Y aun así lo hago. Tal vez porque espero que alguna frase le llegue a alguien. Que algún desconocido se reconozca en una línea, en un párrafo, en una vivencia, en una memoria, y diga: eso me pasó o me pasa a mí .
Quizá alguien encuentre compañía en estas palabras y se sienta menos solo por unos minutos, por un momento, como cuando leo relatos de otros donde me reconozco. Con eso bastaría. Una sola persona bastaría. Entonces sentiría que todo esto tuvo algún sentido.
Porqué a mí me pasa. Leo relatos aquí de variadas temáticas y estructura tan increíbles y maravillosos sobre experiencias personales e ideas y pensamientos tan elaborados que ni en mi en mi más loca imaginación podría hacerlos tanto o mejor que como lo hacen y publican. Pero lo más grandioso de esto es que son cosas que he sentido, pensado y vivido de alguna manera en ése hilo común que compartimos como humanos a pesar de las distancias y diferencias.
Escribo sobre lo vivido, sobre lo pensado y sobre todo aquello que me callé y guardé durante tanto tiempo porque no hallaba cómo ni donde escribirlos. A pesar de eso no logro abarcar todo el espectro de lo vivido y no sé si lo haré, porque me queda la sensación de una tarea monumental por delante que no sé si me alcance el tiempo y las ganas que se van y vuelven como una nube en el cielo.
La ficción siempre me ha costado. Me gustaría explorarla más, inventar personajes, crear mundos ajenos a mí mismo, pero casi siempre termino regresando a mis propios y reales fantasmas. Y no hablo de la ciencia ficción que tanto me fascinaba cuando era niño.
Antes podía perderme felizmente entre planetas imposibles, monstruos, vampiros o películas de terror (zombies, momias, aliens) que veía con ansiedad y fascinación. Hoy ya no puedo. Algo cambió. Esas historias ahora me alteran, me dejan inquieto, como si mi mente hubiera perdido la capacidad de separar ciertas sombras imaginarias de las reales. Tal vez uno cambia también en la tolerancia de sus miedos así como en otras cosas.
No sé si lo que escribo le importará a alguien. A veces pienso que cada texto mío cae al fondo de una pirámide inmensa de relatos, enterrado entre millones de voces que también intentan ser leídas, escuchadas, entendidas.
El otro día, alguien me agradeció por haberle leído porque dijo que nadie le leía. Por nada, le dije, porqué a mí me pasa lo mismo. Pero es que lo que leí me hizo sentido y lo vivido por el o la idea que plasmó es lo que viví y pensé alguna vez y de alguna manera similar. Y es ahí donde se establece la conexión humana a la distancia por medio de las palabras escritas y leídas. Y eso, a mi entender, es lo maravilloso de esto.
Quizá mis palabras desaparezcan ahí abajo en el sótano en un baúl acumulando polvo y nadie vuelva a encontrarlas. Pero aún así escribo. Porque todavía conservo una esperanza pequeña y obstinada: que en algún lugar, en algún momento, alguien lea esto y sienta que no está solo. Y quizá eso sea suficiente para justificar todos estos años en que mis palabras que quedaron en silencio pero nunca olvidadas por mí.



Gracias por lo que me toca, al final los humanos no somos tan diferentes, somos tan iguales que nos esforzamos muchísimo por descubrir las diferencias. Escribir es algo inevitable para el que lo lleva dentro, aunque trate de reprimirlo le sobreviene de cuando en vez, le arrasa y le altera, yo solo soy capaz de escribir poesía cuando estoy muy alterado y me ha pasado algo muy difícil, tanto que casi prefiero no escribirla. Buen texto, gracias de nuevo.
No dejes de escribir, Zac. Se nota que has escrito esto desde las entrañas y necesitamos más de eso. Escribes muy bien. Tienes un estilo que a mi, particularmente, me gusta mucho.
Me he identificado contigo al leerte por diversas razones. También yo empecé a escribir poesía. No recuerdo cuándo lo dejé. Debió ser cuando empecé a convertirme en el tipo del traje gris.
Y cómo tú, me pregunto muchas veces para quién escribo. Y he llegado a la conclusión de que escribo para mí. Para ordenar mis pensamientos, para conocerme mejor. Y eso, por sí solo, justifica que escribamos. No lo dejes nunca. Por ti y por los que te leemos en silencio.